17/8/15

Wenses y Lala

País: México
Dirección y Dramaturgia: Adrián Vázquez
Wenses: Adrián Vázquez
Lala: Tete Espinoza
Asesoría en la dramaturgia: LEGOM/Los Guggenheim
Asesoría de direccion : Martín Zapata/Los Guggenheim
Producción: Vago’s Productions

Parte del Encuentro Estatal de Teatro Nuevo León, en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad.

Esta obra ocurre en un pueblo anónimo del Norte de México, estos dos personajes nos cuentan su vida desde que se conocieron por primera vez teniendo cinco y tres años, hasta el final de sus días. Una historia sencilla y humana, pero llena de emoción, carcajadas y amor puro, los errores y aciertos de dos enamorados que se encuentran y se pierden y vuelven a encontrarse una y otra vez; la historia de sus vidas. Todo mostrado a raíz de un soliloquio cómico con el que interactúan con el público bastante cerca de ellos.

Cuando entré apenas me encontré con ambos personajes sentados en un banco de madera, de la cual no se movieron durante toda la obra. Sólo se levantaron tres o cuatro veces. Ellos nos hablan directamente, y hasta preguntan nuestros nombres para que nos conozcamos entre nosotros. Uno no sabe cuándo está ya dentro de la obra, o por lo menos yo no me di cuenta de cuándo había comenzado. Pues empiezan en silencio, observándonos a todos… y después comienzan a hablarnos. Wenses es muy tímido, simplemente las palabras no salen de su boca, y es Lala quien tiene que ayudarlo a que hable con nosotros. Desde esos momentos ya nos reímos a carcajadas por las actitudes de Wenses y los comentarios de Lala, dos actores perfectamente preparados para reaccionar a lo que el público responde. Con un acento curioso, y sus actitudes contrastantes, pronto estos personajes llegan a inundar el escenario y la sala sólo con ellos sentados en aquella banca y sus voces. Cubierta ella con su vestido blanco de boda, y él con su traje ranchero de la misma. Sus meras narraciones y comentarios convierten en imágenes sus palabras, las convierten en ranchos y pastizales, en sangre, en ríos y árboles y hojas y sonidos. Convierten sus palabras en bebés, en tristeza, en colores, en bailes, en sentimientos. Desde la muerte de sus padres hasta su propia muerte. Poco a poco ellos entran en nuestra piel para compartirnos sus vivencias, sus recuerdos, sus caricias, su familia. Su sufrimiento. Una historia tan sencilla que entra por los poros y sale por los lagrimales y la garganta en forma de llanto y carcajadas. Errores que cualquiera puede cometer, y cosas que cualquiera puede llegar a sentir y vivir de una u otra manera.


Cuando salí de la obra, lloré durante media hora. Y seguí llorando una vez que llegué a casa y al contar lo que había visto en ese escenario. La historia ficticia convertida en verdad en escena. No es una obra para reflexionar, o pensar en lo mal que está el mundo (aunque sí, tal vez un poco en alguna escena). No es una obra que ataque a la sociedad o a la política como lo hizo Labio de Liebre o San Sipriano (que criticaré luego). Esta es una obra para disfrutarla, para vivirla con los personajes, y sufrirla y reírte junto con ellos; enternecerte y soñar junto con dos individuos que se presentan como muertos, pero no como fantasmas y como personas con profundo amor y cariño.


Le doy 5 de 5 sombreros





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