29/7/15

Drogavisión.

Hace una semana más o menos, leyendo la entrada “El escritor cinematográfico” de Víctor Selles en su blog Moral de frontera, se me ocurrió algo que ya en otras ocasiones me había planteado pero sin mucho ahínco: ¿nos hemos vuelto demasiado dependientes de lo visual? Y no estoy hablando del ya ajado tema “las nuevas generaciones no leen” (decir eso es casi tan ridículo como decir que los unicornios carnívoros no cazan dragones). Que no, que por más que se empeñe el mundo, las nuevas generaciones sí leen.

  Estoy hablando de algo a mayor escala, una especie de dependencia humana a lo visual que quizá siempre hemos tenido pero que, en esta época en que la tecnología audiovisual está en auge, parece aflorar con muchísima más fuerza arrastrándonos a todos consigo. Las consecuencias las podemos ver en todas partes: la obsesión por la estética personal, por conseguir cada vez mejores gráficos en videojuegos y mejor calidad de imagen en las películas. Tanto se centran en ello que muchas de estas creaciones pierden sentido y terminan por ser una obra con unas imágenes muy bonitas sí, pero superficial en casi todos lo demás. Un entretenimiento para un rato que olvidas pronto y no vuelves a tocar.

Lamentablemente esto también está pasando en el mundo de la literatura, que en principio tiene poco de visual (a excepción de que la mayoría leemos por los ojos, que por más que nos empeñemos en olisquear los libros las letras no entran por la nariz). Esto ha dado lugar a fenómenos como el del Escritor cinematográfico. Pero en mi opinión también ha creado al menos un par de males más.

¿Cuántas veces habéis comprado un libro sin fijaros mucho en la sinopsis, buscar reseñas o leer unas pocas páginas antes solo porque su portada era “preciosa”, “atrayente”, “impactante” o daba a entender algo que luego no tiene nada que ver con el contenido del texto? Los maniáticos de mi clase contestaran muy orgullosos que nunca o casi nunca les ha pasado tal cosa (porque no son felices si  no leen varias reseñas, la sinopsis y un adelanto del libro). Sin embargo no todo el mundo tiene la suerte de responder así, conozco a varias personas a las que les ha ocurrido y he visto también varios casos por el mundo blogger. Y lo peor es que en la mayoría de las ocasiones estos libros resultan en una gran decepción para el lector. Muchos podréis decirme que esto es culpa del propio sujeto por no tener cuidado y dejarse llevar, pero pocos me diréis que la mayoría de las veces no son estas portadas las primeras que miráis al entrar en una librería o ver las novedades editoriales por Internet. Irremediablemente nos llaman la atención, nos entran por los ojos y hoy día, si algo te entra por los ojos, lo quieres. Porque nos están enseñando que cuanto más bonito y visual sea algo, mejor.

Sin embargo no todo tiene que ver con el lector –aunque siempre será el último afectado–. Esta tendencia a lo visual ha llevado quizá a otro problema, distinto al del escritor cinematográfico.

¿Cuántas veces habéis empezado a leer un libro y habéis perdido el hilo de la historia por completo entre miles de detalladísimas descripciones innecesarias y redundantes? Aquí tengo que decir que me ha pasado unas cuantas veces y que me resulta no solo irritante, sino aburrido, muy aburrido. Porque no, no me interesa saber al detalle cuantas grietas y astillas sueltas tenía la silla, con decir que estaba agrietada y astillada es suficiente, gracias. Otra muestra de este tipo es cuando en el libro se empeñan, sin venir a cuento y de forma continua, en describirte al detalle la ropa del protagonista o a describirte a los personajes una y otra, y otra vez para que quede bien clarito que son súper guapos, geniales y altamente visuales.

Todas estas inclinaciones, que no voy a seguir enumerando (porque entonces seguiríamos aquí cuando el hombre llegase a Marte), muestran una clara intención de que el lector “vea” y lo intentan con tanto empeño que al final no ve nada porque uno no necesita saber todos los detalles del palacio para imaginárselo, ni saber cuántas pecas tiene el protagonista para imaginárselo pecoso. No, lo único que consigue esa sobrecarga de detalles es que la mente del lector no pueda procesar la imagen mental y encima, entre tanta grieta, tanta ropa y tanta piel de nácar, pierde el hilo conductor de la historia que es, a pesar de que tanta visualización nos haga olvidarlo, la verdadera base del libro.

Ahora ¿son estas las únicas consecuencias de la dependencia visual? No, según autores como Neil Postman, nos influye de una manera mucho más profunda y lo peor, inconsciente:

La tecnología da y la tecnología quita. Esto significa que para cualquier ventaja que la tecnología ofrece, siempre existe su correspondiente desventaja. Las desventajas pueden llegar a superar en importancia a las ventajas, o las ventajas pueden perfectamente valer la pena sobre su contrario. Aunque parece una idea bastante obvia, es sorprendente cuanta gente cree que las nuevas tecnologías son como una bendición del cielo.

Según el propio Postman, los medios (fotografía, escritura, tv, cine) influyen en nuestra manera de conocer el mundo. Por lo que al basar toda o casi toda nuestra experiencia en los medios visuales,
estamos perdiendo unas características y ganando otras distintas, que no tienen por qué ser precisamente buenas. Entonces debemos preguntarnos, ¿qué estamos obteniendo y qué estamos dejando ir? Si basarnos en los medios escritos nos aportaba mayor concentración, capacidad de abstracción y jerarquización de la información, por nombrar unas pocas. Los medios visuales, con todas sus facilidades, nos están arrebatando estas virtudes para sustituirlas por sus contrarias. Ni siquiera son necesarios los ejemplos, solo hay que mirar alrededor, fijar la vista en las generaciones nacidas en esta era tecnológica, y dentro de ellas en aquellos con poco o ningún interés por el mundo escrito y mucho o todo por el visual.

Muchos serán los que opinen que estoy siendo radical, que solo me centro en las desventajas y no veo las “comodidades” que se nos ofrecen. Sin embargo las veo, veo que estamos cayendo en un sedentarismo intelectual peligroso, porque aunque lo estemos olvidando: sin su intelecto el ser humano sería solo un animal más.

Quizá deberíamos reflexionar antes de dejarnos llevar por las nuevas tecnologías, ser conscientes de lo que nos dan y de lo que nos quitan, para poder dar un paso atrás y poner un límite. Antes de que nos perdamos a nosotros mismos.

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