14/12/14



Ereina siempre me había regañado por ser tan temerario, no le gustaba que me arriesgase tanto. Supongo que tenía miedo a que perdiese la vida, pero era ella quien estaba allí, en el suelo: muerta. Era imposible, y sin embargo, ya no resultaba posible negarlo. La espada se me escapa de los dedos, el tintineo del hierro contra el suelo delata mi posición, soy consciente de ello mas no me importa. Solo deseo ignorar mis malditos instintos, arrodillarme en el suelo y llorar.

         Lo hubiese hecho de no ser por la voz insistente que me reclama, sin embargo, mis oídos se niegan a escucharla, solo conscientes de mi respiración acelerada. Los latidos de mi corazón amenazan con engullirme, la oscuridad del peligro se cierne a mí alrededor: me han rodeado. Y una espada -afilada, de acero, brillante- está dispuesta para darme muerte.

****

         Las gotas de agua cayeron sin previo aviso, las continuas lluvias de los días anteriores habían conseguido llenar al máximo los canalones, ahora por toda la ciudad podías arriesgarte a ponerte bajo un edificio con unas cañerías rebasadas. Horrible. Todo el mundo maldecía cuando de repente se veían empapados hasta los huesos. Pero que esto le sucediese a un infiltrado era aún más desastroso, para más inri no había podido evitar refunfuñar.

         Ahora el espía estaba mojado, encima había sido descubierto. La puerta frente a sí se abrió de par en par, la luz de las velas entrecortando la figura de un ángel con las alas plegadas; no miro alrededor desorientado, sus ojos se clavaron sin dudar en el intruso. Durante unos segundos interminables los dos, el ángel empapado que tiritaba a la intemperie y el ángel seco que estaba en el recibidor, se observaron fijamente. Entonces, antes de que Ysui pudiese argumentar a su favor, la mujer le dio la espalda adentrándose en la casa. Tragó saliva inquieto. “¿Debería tomar esto como una invitación a irme? ¿O estará dispuesta a conversar conmigo…?” Decidió arriesgarse. De un salto se bajó de la viga desde la cual había estado intentando observar el interior del edifico y evitando los charcos, traspasó la puerta.

El olor le impacto de lleno. Todo estaba igual excepto por el hedor que empañaba el ambiente. Frunció el ceño, demasiado para él. Miró en derredor en busca del causante de la peste. No tuvo éxito. Pues antes de conseguir descifrar el origen del tufo impactó con la mirada fiera de la fémina.

¾   Cállate –le espetó.

¾   Aún no he dicho nada. No creo que haga falta... –el fogonazo de ira que entrevió en su rostro le detuvo. Abruptamente. Sin respiración. Nunca había reaccionado así con él.

¾   No hace falta que digas nada, querido hermano. Desprecio sus palabras con un ademán de muñeca–. Ya sé a qué has venido. Ya sé cuáles eran tus palabras. Tampoco desconozco quienes te han mandado.

¾   Te equivocas –musitó tenuemente–. No ha sido una orden de ellas.

¾   ¿No? –Sonrió, sarcástica.

¾   No –titubeó indeciso–, no exactamente. Ellas sabían que quería venir, solo me incentivaron un poco. Están preocupadas; yo también lo estoy, Eri.

¾   Patrañas. Mentiras. Falsedades y falacias. ¡Preocupadas, dices! ¿Cuándo han estado esas viejas ñoñas preocupadas por alguien? Solo les importa su maldita guerra. Ganarla, por supuesto, cómo no. Ganar. A costa de cuántas vidas hagan falta.

Enmudeció de pronto. Palabras no dichas quedaron suspendidas entre los dos. Los vocablos atropellados en sus lenguas. La tensión del conocimiento de la verdad. Por un momento, nimio, estuvo a punto de expresarlo en voz alta. Mas se contuvo, por más que quisiese era innegable: era uno de ellos. Vestía, hablaba, se comportaba y pensaba como los ángeles. Apretando los labios le echó de su casa, dejándolo a la intemperie solo con desearlo.

****

El techo blanquecino me revela al momento dónde estoy. Cierro los ojos de nuevo. Maldito seas Usir. Suspiro resignado, ojalá pudiese aplazar esa conversación, pero conozco demasiado bien a mi viejo amigo: no se rendirá por mucho que remolonee. Me frotó el rostro y le doy la espalda, con la vana esperanza de que se apiade de mí. Como suponía no surte efecto: sigue ahí, aguardando. Quizá si durante la conversación finjo me deje en paz, no pierdo nada por intentarlo.

¾   Deja de mirarme fijamente –grazno en su dirección.

    Oh, no lo hago, solo me deleito con tu actuación. –La risa contenida se intuye en su tono. Me niego a responderle, a la mierda el plan. Oigo cómo chirría la silla, abro despacio un ojo para orientarme, no debería haberlo hecho. Me sonríe y se vuelve a sentar, definitivamente no debería haber abierto ese ojo.- La curiosidad siempre ha sido tu debilidad, eso y tu nula habilidad para actuar.

Gruño antes de replicar:

¾   La tuya es meterte donde no te llaman.

   Eres mi amigo. No podía dejarte solo. –Se detiene abruptamente, frunzo el ceño y vago la mirada por la estancia desganado. Durante unos segundos nos quedamos en completo silencio.  –Mira, sé que crees que todo está perdido. No es así. ¡Se nos han unido más combatientes, nuestro grupo es cada vez más grande! También hemos hecho adelantos en la investigación, estamos a punto de averiguar por qué te mandaron a ti a espiar arriba.

¾   No me interesa. Vete.

De nuevo en la quietud, me arrebujo mejor entre las mantas, intentando esconder mi desolación entre ellas. Si consigo no alarmar al idiota entrometido podré llegar al fondo de la habitación, donde hay un armario lleno de armas, perfectas para mi propósito. Cuento los minutos. La puerta abriéndose, el quejido de la silla, una conversación a murmullos, de nuevo la puerta; este es mi momento. Me incorporo despacio y sigilosamente, contengo un quejido de dolor. De repente noto a alguien mirándome. Disimula, pienso, actúa. Solo tienes que engatusarlo el suficiente tiempo como para quitarle su arma.

¾   Imbécil, ¿qué pretendes? Si vas a ser tan inepto al menos que no se te note.

El oxígeno se me atora en la garganta. Intento volver a respirar con normalidad, pero no paro de hiperventilar. Me doy la vuelta despacio. Los ojos se me dilatan, no puedo evitar boquear.

¾   No puede ser.

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