28/10/14

Pasar página.

Las manos vendadas, los labios rotos, la mejilla parcheada y buena parte de su esbelto cuerpo amoratado, cosido o vendado. Su mirada, miel y entornada, observaba lo que había quedado de su casa: despojos ennegrecidos, nada que mereciese la pena rescatar permanecía intacto.

Suspiró, cansada y harta, jamás debió volver al mundo de su nacimiento.

Lo único que le dio en su vieja vida fue dolor, muerte, sangre, conspiraciones y pérdidas sin sentido… Y en aquel nuevo intento de vivir donde supuestamente le correspondía, sonrió de medio lado, ¿había obtenido acaso algo nuevo aparte del amargo regusto de un amor que la miraba sin verla?

Claro que no, ¿pero qué podía esperar? El mundo de los inhúmanos apoya sus cimientos en lo despiadado, en la justicia poética y la cruel ironía, ¡que se podía esperar del regreso de una hija huida que un bautismo de dolor! – podría haberlo gritado, deseaba gritarlo, pero la desgracia estaba de su parte y sus cuerdas vocales seguían dañadas, adoloridas por el humo, los gritos y un agujero en su garganta, tuvo que conformarse con un más que patético murmullo ronco e insípido.

¿Aimara? ¿Eres tú?

Su sonrisa se amplió hasta casi arquear su ceja de tan torcida, justo lo que acababa de decir, cruel ironía, justicia poética, ¿acaso él no tenía otra cosa que hacer que aparecer por allí justo cuando decidía ver si podía salvar algo? Por supuesto que no, era mejor encontrarla, que el destino se regodease y metiera sus finos dedos en todas y cada una de sus heridas.

Medio gruñó, lo mejor sería que se escaquease por alguno de los agujeros de la fachada antes de que la encontrase, le importaba una mierda dañar más su cuerpo al saltar de un tercero, total, ya estaba para tirarlo a un vertedero, se dijo dirigiendo sus pasos hacia el primer hueco que vio, solo para que su visión periférica la traicionase, mostrándole, intacto excepto por algunas manchas de ceniza, uno de sus libros. Se detuvo, no pudo evitarlo, simplemente necesitaba poder llevarse consigo una prueba de lo que fue, no solo para recordar lo que consiguió al huir del horror, si no para tener presente lo rápido que lo había perdido al atreverse a pensar que tal vez, solo tal vez, los horrores tenían otra cara, una amable, cálida y risueña que no conocía. 

Giró, desviándose apenas un par de metros de su objetivo y se agachó, recogiendo el libro y limpiando la ceniza de su cubierta con mimo: era uno de los pocos poemarios que había conseguido acumular, sus niños favoritos, como solía decir a modo de broma a sus viejos amigos.

Vaya – comentó aquella voz maldita a sus espaldas – sabes, nos habías asustado, pensábamos que podían haber atravesado nuestras defensas y llevarte – añadió todavía más cerca, demasiado cerca para su gusto.

Pero ya no tenía escapatoria, si intentaba escapar la atraparía; en esos instante estaba en una condición mucho mejor que la suya, además, debía admitir que no había recuperado ni toda su forma ni todo su poder. Siguió limpiando el libro, con suavidad, pasando las yemas de los dedos por el precioso bordado de la encuadernación, era curioso, se había salvado su favorito, el que ella misma había llevado a un encuadernador nada más adquirirlo.

Aimara… Yo… Hum… ¿estás bien? – preguntó, su tono tan indeciso que una nueva sonrisa torcida, cargada de ironía, surcó su pequeño rostro.

Por supuesto, ¿no me ves? Perfecta – le respondió cargando de veneno cada silaba, ignorando la parte de su cabeza que le gritaba, furiosa, por estar haciéndole daño al depositario de su afecto, pero así estaban las cosas, era la realidad, él iba a ser muy feliz con su futura prometida.

Lo sintió dar un paso atrás, fue consciente de que su contarte respuesta le había dolido, y supo que la culpa iba a estar carcomiéndola mucho tiempo, lo que no se esperaba es que volviese a avanzar, no solo el paso que diese hacia atrás, si no cinco más, haciendo que casi saltase del suelo de la impresión.

Qué diablos haces – gruñó, apretando el libro contra sí y evitando mirar sus ojos, sería más fácil alejarlo si solo le miraba la barbilla y ese suéter gris medio raído, lleno de manchas y desgarros por varias partes.

Somos amigos, miembros de la misma manada… Me preocupas, Aimara, y deberías saber que puedes contar conmigo, no estás sola en todo esto.

Amigos, miembros de la misma manada, la frase le retumbo en la cabeza, una, y otra, y otra vez, y siguió dándole vueltas mientras alzaba la vista a sus ojos, los ojos de plata que tanto le encantaban, que la habían conquistado con sus fieras miradas de depredador. Fue así como detectó su ceño fruncido, su mirada franca, la preocupación sincera que anidaba en ella.

Deja de romperme el corazón, cada palabra que me dices es una daga envenenada, cada intento de cariño me clava astillas en el alma… ¿¡no tuviste ya suficiente!? Ya te di mi vida entera, toda yo fui tuya, ahí estuve cada día, cada momento, sin hacer nada, solo pendiente de ti, de ti y siempre de ti, ¿qué más esperas, Aler? Yo ya lo di todo, y tú vienes aquí, tu rostro fruncido y tu mirada franca, ¡para preguntarme qué me pasa! Párate a pensar, tal vez ya no tienes derecho de que te esté diciendo todo esto, quizá ya solo mereces un simple y llano nada… – no había hablado tanto desde que despertara malherida, su garganta se sentía seca, pero su interior acababa de liberar un peso terrible, ahora sí, podría marchase de allí, desaparecer, dejarlo ser feliz con su prometida.

Ni siquiera deseaba esperar su reacción, apretó más el libro contra su pecho, y puesto que su cuerpo le tapaba la salida más sencilla, volvió al agujero de la fachada, más que dispuesta a largarse y no volver jamás, a fin de cuentas su hogar se había reducido a unas cuantas salas, con unas pocas paredes en pie ennegrecidas por el fuego, ya no le quedaba un lugar donde permanecer, ni alguien a quien pertenecer.

Si te vas ahora iré por ti, te encontraré – se sorprendió de aquel ronco murmullo a sus espaldas, sin saber si tomarlo como una amenazada – quédate, Aimara, quédate conmigo… no me hagas escoger a otra, sé que eres la perfecta, lo sé desde que tu olor me inundo por primera vez… y cuando dejaste de lado tu disfraz para salvar a uno de nuestros niños, entonces lo supe de verdad, supe que ya no tenía otra opción.

Silencio, silencio por parte de los dos, ella confusa, él atentó, esperando una contestación que quizá no le gustase pero que necesitaba escuchar.

Ya estás prometido – murmuró, apretando cada vez más el libro, ¿se estaba riendo de ella? ¿Podía ser que la necesitasen en la manada? Si era así sería lógico que tratase de retenerla, incluso a costa de su amor.

Sus grandes manos cubrieron sus hombros despacio, sin hacer presión sobre los vendajes que los envolvían, con una delicadeza extraña que convirtió su herida garganta en un amasijo de nudos intragables.

Debía encontrar a mi pareja antes del próximo plenilunio o escoger entre las hembras de la manada, solo así la balanza de poder estaría equilibrada… de otra forma la locura me consumiría, y conmigo, a los demás – lo explicó con una lentitud extraña, y la palabra locura… eso traía malos recuerdas, demasiado malos, un escalofrío subió por su espalda – y te encontré – dijo aún más despacio – estoy prometido, pero contigo, solo contigo; márchate si es tu deseo, Aimara, pero te perseguiré, lo haré hasta mi último aliento, no podrás librarte de mí.

Los nudos se disolvieron, aquel filo de sinceridad era inconfundible, y pinchó, así, casi sin que se diera cuenta, un profundo globo de dolor acumulado del que apenas había sido consciente mientras tomaba la decisión de irse.

Tengo una condición… – comentó ronca, notando como el cuerpo tras ella pasaba de tenso a relajado en apenas unas milésimas de segundo.

¿Cuál? – interrogó, casi atropelladamente, volviendo a tensarse.

O restableces mi biblioteca o te puedes olvidar de la noche de bodas, y de la siguiente a la noche de bodas, oh, ¡y de todas las demás! – lo expresó entre la seriedad y la provocación, logrando justo lo que quería.

Que unas estridentes carcajadas resonaran entre las ruinas de su antigua vida, alejándola, haciendo que pasará página, dejándose alzar por los fuertes brazos del ser al que pertenecía, del ser que le pertenecía, hacia un nuevo capítulo.





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