8/6/13

La intensidad de su mirada era demasiada, le comía, le devoraba, pareciera que con cada deslizar de sus parpados hacia abajo, con cada batir de rubias pestañas, arrancase de su pecho una fracción de su de por si disminuida y poco digna alma… Esa que segundos antes arrancase sin dudar las vidas de sus enemigos, pisoteándolos, convirtiéndolos en una madeja inanimada de miembros antaño firmes, en una montaña de muerte a orillas de un lago de sangre, donde de repente, chocando con su fría visión, una flor se abriese.

        —    ¿Quién eres? – susurra con la ronquedad de su negro corazón al palpitar.

        —    Soy yo – contesta como si fuera lógico, como si él debiera saberlo, verlo.

Mas cuando observa no reconoce lo que ve, su mirada choca con la azul turquesa que le roba el alma, sus ojos tropiezan con la blanca tez de seda, se topan con la nívea cabellera que fluye silenciosa, ondeando como las calmas aguas de los ríos de su tierra.

        —    No te conozco – dice sintiéndose sucio, su piel manchada, el hacha entre sus manos goteando silenciosa el metálico liquido de la vida arrebatada.

        —    Si me conoces – responde con la certeza del acertado gravada en su sonrisa.

De nuevo el silencio los rodea, de nuevo él la contempla, vestida de verde tierra, los pliegues de su ropa cayendo a media pierna, donde más suave blancura se revela, sus pies descalzos tocando el suelo, ni la sangre ni el lodo capaces de tocar su etérea presencia, como si realmente no estuviera, como si fuera solo una ilusión traicionera.

        —    No te recuerdo – admite solemne, su arma bajada y descuidada.

       —    ¿Quién recuerda lo aún no acontecido? – pregunta, inscrito un tenebroso auspicio en sus palabras, un respiro de frío hielo en sus entrañas, mientras la espada ejecutora desciende, clavándose entre sus vertebras, atravesándole mientras ella le observa, el aire fuera de sus pulmones, su cuerpo arrodillado.


Rindiendo tributo a la única dama conquistadora de todos sus afectos, aquella a la que sirviera durante toda su vida con la fiera determinación de un apasionado amante, obligando a todos a recibir su beso, en espera de ver aquellos labios blancos acercarse… besando en esa ocasión sobre los suyos, con el cariño de los viejos amantes.

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