7/2/13

Tributo.


Recorría el sendero con los ojos vendados, la ley de su pueblo así lo exigía, y así había sido enviado a los bosques. Con sus brazos estirados frente a sí, tratando de evitar las cada vez más aparatosas colisiones y las cada vez más dolorosas caídas, mas era completamente inútil. Seguía chocando, seguía cayendo, y cuanto más se adentraba entre los milenarios árboles, más frecuentes y ruidosos se hacían los incidentes. Tanto, que tardó un rato en darse cuenta de que, junto al sonido de sus golpes, se alzaba otro mucho más tenue, tintineante, dulce, cálido…


“Risas, las risas de las feéricos”.

El pensamiento lo hizo estremecer, temeroso de que aquellos no fueran los guardianes de su gente, de haber errado en el camino y estar perdido en el territorio de unos inmortales que no dudarían en usarlo cual juguete, de romperlo con su magia como si de niños caprichosos se trataran.

Chocó de nuevo, y más del susto que del golpe cayó al suelo, donde quedó quieto, escuchando con todos y cada uno de sus músculos en tensión. Ya no se oían las risas, pero miles de murmullos las habían sustituido, murmullos que provenían de todas partes, que lo aterraban a pesar de su hermosura. Sentía que le arrancaban la cordura, que la hacían pedazos y la pisoteaban, no podía aguantarlo más, no era capaz, los ancianos de su aldea escogieron mal.

Se arrancó la venda, la rasgó, la arrojó. Y su mirada ya libre quedó posada en otra, atrapada, hechizada, entregada por sus propios hermanos para convertirse en tributo, en presente, en esclavo de unas criaturas que no los protegían:

Los gobernaban.


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