21/1/13

Malditos.




Los ojos del chiquillo permanecían hipnotizados, idos. Seguían el frenético compas de las centelleantes espadas, que, entre el viento y la lluvia chocaban entre sí, haciendo saltar chispas de oro y carmín del mismísimo cielo, cuya furia gritaba a cada rabiosa embestida de ambos combatientes. Mas estos no hacían caso a los funestos augurios, no sentían la ira de los elementos sobre su piel y sus conciencias, y con vivaces pasos bailaban su mortal danza, desquitando a cada golpe, a cada rugido, a cada chirriar del metal contra el metal, un odio ciego que durante incontables generaciones les había sido inculcado.

El pequeño los observaba, los contemplaba absorto, veía sus miradas relucir en la oscuridad como solo lo hacen las de los animales salvajes. Y en ese brillo acerado, diabólico, solo alcanzaba a ver la perdición, la muerte, la misma maldad encarnada. Quiso retroceder entonces, alejarse de semejante horror, guarecerse entre los brazos de su madre, pero su madre ya no estaba allí, ellos se la habían arrebatado sin explicación.

Se sentía tan, tan solo…

Las espadas quedaron entrecruzadas, y durante varios larguísimos minutos permanecieron así, inmóviles, sostenidas en el sitio con igual fuerza y voluntad. Se separaron, un desagradable chirrido que lo hizo temblar acompañando el movimiento, y antes de darse cuenta se encontró entre  los dos hombres, su pequeña figura apenas visible entre aquellas tinieblas. Estaba atrapado, perdido, trató de gritar, de correr. Mas su cuerpo, inundando de pánico y terror,  no respondió al llamado de su desesperada mente.

    Madre…

La suplica voló, ascendió junto al furioso viento, y en silencio el pequeño cayó… su pecho atravesado por dos espadas, espadas que junto a él se estamparon contra el suelo.

El cielo brilló, las nubes teñidas de rojo dolor, formando el rostro de mujer de la vida enfurecida, con sus labios retorcidos y sus ojos refulgiendo en flamantes relámpagos habló, su voz el puro retumbar de los más iracundos truenos nacidos hasta entonces:

    Reniego de vosotros hombres sin corazón, ni vosotros ni los que os sigan volverán a ver jamás la luz del sol sin que el fin seduzca vuestro ser hasta la inerte ceniza… Y a vosotros hombres bestia, os maldigo, que la luz de plata del astro que tanto amáis sea por siempre vuestra perdición.

Ni un sonido siguió a sus palabras, el mundo había quedado estático, la realidad se retorcía entre sus manos, volviendo su maldición tan real como el niño que yacía muerto, su sangre inocente usada para cerrar el tormento de sus malsanos asesinos.

Un último relámpago relució, un último trueno resonó. Sol y Luna surgieron a la vez, y dos palabras se gravaron en los manchados filos de su aplazada lucha final:

Estáis malditos.

4 travesuras :

Yuske dijo...

Maravilloso relato pem te dirá algo más pero estoy cerca de entrar s clase

Aya dijo...

En serio, no sé cómo puedes tener problemas de inseguridad. Es poético y estremecedor, me ha gustado mucho...Aunque confieso que un poco más de explicación me hubiera gustado xD

Pem dijo...

Ok, gracias Yus, nos leemos.

Pem.

Pem dijo...

Teniéndolos (?) Me alegra que te haya gustado, daría más explicación, pero al ser un relato corto me da la sensación de que no quedaría bien y que solo lo alargaría sin autentica razón. Aunque conociéndome xD esto va a acabar siendo algo que paso en algunos de mis mundos, te avisaré si eso pasa para que tengas tu explicación (?)

Muchísimas gracias por comentar, nos leemos.

Pem.

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