13/1/13

Bailarina.




Llueve, llueve, en el exterior solo llueve. Jamás cesa de llover, mientras acurrucada en silenciosa paz yace la chiquilla, quieta sobre su lecho de rojo terciopelo, expectante y atenta al distante y eterno sonido de la lluvia más allá de las paredes de su hogar. Sus ojos observan la ventana, siempre cerrada, siempre mojada, que muestra a su mirada la unión del blanco y el gris, fundiendo el cielo tormentoso con la niebla.

     —    Todo parece tan quieto, todo está tan callado, todo está tan vacío – susurra la chiquilla, sus labios moviéndose etéreos, sus dedos acariciando el terciopelo.

Afuera la lluvia sigue, perpetua e implacable, nada se mueve, nada respira, nada parece vivo entre el agua y la blancura. Comienza la música, suave y melancólica, suena por toda la estancia, los dedos de la niña se paran, su corazón salta, sus piernas la alzan. Mueven su cuerpo al son triste de las notas amargas, meciéndola suave entre muebles y cacharros, dotándola de la ágil premura de las aves volando, salta alto y vuelve caer, de pie e intacta, sus brazos alzados cual bailarina de antiguo ballet.

La puerta suena, un golpe seco, impaciente. Ella no lo escucha, no lo siente, solo baila. Dominado su cuerpo por la magia del sonido, gira, salta, vuelve a girar. La puerta vuelve a sonar, dos golpes suaves, llenos de sosiego. Ella no los escucha, nos los siente, solo baila, sigue encantada, sigue hechizada, sus saltos y quiebros reyes de la estancia como la lluvia y la quietud lo son más allá de la ventana. La puerta vuelve a sonar, tres golpes, uno seco, dos tranquilos. Ella no los escucha, la melodía chirría  pero sigue meciéndose al compás, chirriando sus huesos con cada movimiento. La puerta se abre, la niebla se hace con el lugar, acaricia sus desnudos pies, oxida su alma, ralentiza su melodía, lucha serena contra las notas hasta hacerlas finalmente cesar.

Queda quieta, inmóvil, vacía. Sus piernas se mueven, se mueven, la llevan fuera, la hacen atravesar la puerta. Su piel se moja, sus ojos se cierran, no respira, no vive.

Dejo de ser la bailarina de cristal.

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