22/1/13

1.201.392.210.265.241.701.000=?



Uno.

Yo era normal, tú eras normal, el mundo era normal. Mas, en el fondo, los dos sabíamos que no era así. Era mejor el engaño.


Veinte.

Había una única regla: no molestes a los de arriba. En todos lados, mirases donde mirases, siempre encontrabas lo mismo. Los superiores.


Nueve.

Nosotros éramos sus títeres, yo soy su títere, y por tanto, obedezco. Simplemente sigo las órdenes, qué órdenes;  las que se escondían en la primera y última advertencia de los líderes.


Trece.

Uno sumado a tres son cuatro, y eso multiplicado por dos es ocho, el cual se parece al símbolo del infinito. He de decirlo. Habían cometido muchos errores, pero, al menos, acertaron en olvidar que el trece fue, alguna vez, un número maldito.


Veintidós.

Yo nací en el compartimento veintidós, es el peor que hay en toda la Tierra, casi ni mandan un médico para atender a las parturientas. Si te abres una herida, te echan al cubo de los muertos.”No podemos arriesgarnos que infecten a los sanos”, se justificaban. Mi madre se apagó de ese modo.


Diez.

La política era clara: no querían basura inservible. Basura, eso éramos nosotros para ellos. Simples desperdicios a los que sacar provecho. Los pocos recursos que quedaban, nosotros, la gente inservible, los conseguíamos con nuestras propias manos. Y luego, ellos, la desperdiciaban.
  

Veintiséis.

Tuve que seguir adelante, ahora con un bebe a mi cuidado. Pero, gracias a las estrellas, mi progenitora tiene, incluso ya sin vida, una amiga leal y bondadosa. Fue ella quien dio nombre a mi hermana. Ariadne, un nombre precioso, para un bebe moribundo.


Cinco.

Yo creí en ellos, ciegamente, olvidando la miseria de mi alrededor. Porque era ajena, y, al fin y al cabo, suele resultar más fácil de olvidar. Pero, el dolor,  la herida de las perdidas… empezaba a tener mis dudas. Al menos hasta que lo conocí a él.


Dos.

Había pasado demasiado tiempo para solucionarlo, el tiempo que desperdiciaron nuestros ancestros, no querían recuperarlo los actuales líderes. Aunque, claro está, estos no lo admitían. Y la población estaba cegada, tanto miedo tenían a lo desconocido. A veces dudaba que la humanidad hubiese avanzado siquiera un paso.


Cuatro.

Y todo por un chico, un hombre, del cual estaba enamorada. Resultó que el muchacho que siempre me tuvo embobada era el hijo de la confidente de mi madre. Nunca lo supe, hasta que después de un largo viaje a las estrellas –para mi martirio- volvió hecho todo un guerrero. Pero no de la clase que les gustaría a Los Superiores.


Diecisiete.

Era increíble, les estaba plantando cara, convencía a los pueblerinos de que les estaban explotando. Sus historias, las aventuras sobre las estrellas, maravillaron a muchos. Empezaban a cambiar, lo notaba. Oh, y los de arriba, los de arriba temían. ¡Tenían miedo de que su teatro se viniese abajo!


Cero.

Cada vez se interesaban más por las estrellas, las personas acudían a él para escucharlo, preguntaban entusiasmados, se maravillaban al escuchar sobre otros seres, y ¡¡un planeta parecido a la Tierra!! Ni sus antiguos dueños (porque ya no lo eran, para entonces habían dejado de tenerles miedo y respeto) podían detener el júbilo.


Cien.


Cuando vio que realmente le prestaban atención y que no temían a lo desconocido, empezó a hablar de los mundos. De cómo se podía llegar, las maravillosas especies que los habitaban; al principio le miraron escépticos y confusos. Una valiente mujer puso voz a la duda de todos.

   ¿Y para qué nos interesa todo eso? Nos basta con encontrar un planeta nuevo, ¿no? –varios murmuraron conformes, mas entonces él, mi príncipe azul, sonrió misteriosamente.


Cero.

   Hay miles de mundos ahí fuera, ¿de verdad me estás diciendo que no piensas explorarlos? No te permito ser tan tonta.  
                                  
Un absoluto silencio embargo el ambiente.


1.201.392.210.265.241.701.000

   ¿Cuántos?

   ¿Qué? –respondió mirándome impactado.


   ¿Que cuántos mundos hay?

Sonrió, me sonrió enigmáticamente, solo a mí y comentó con un tono jocoso:

   1.209.132.210.265.241.701.000. Al menos esos son los que yo he contado.


Ocho.

Hubo algunos valientes, otras prefirieron quedarse. En aquella época pensaba que en la vida hay que arriesgarse –y lo sigo creyendo-, por ello me aventuré en el viaje a través del cosmos. Bueno, sí, quizás hubo otras razones; mas, sin importar el porqué, desafié a la obsoleta e injusta sociedad de Los Superiores.

Y así es como mi hermana, Ariadne, la niña moribunda, tuvo una digna vida. De esta manera, las cenizas de mi pobre madre recorrieron el cielo. Mismamente, como una servidora, desgraciada sin futuro, fue fundadora de XIII, la más próspera nación de todo el Infinito.


Firmado,
Madre fundadora de XIII.






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