3/11/12

¿Recuerdas?



¿Recuerdas mis ojos? El miedo que sentiste al verlos fijos en ti, recorriéndote de arriba abajo, marcándote con un incontenible deseo; con una orden muda, una grabada a fuego y magia.

En ese momento te acercaste, tus pies no respondieron a tu mandato, a tu firme intención de huir. Te plantaste frente a mí en contra de tu voluntad, y yo te sonreí, ¿recuerdas esa sonrisa? Cuajada de poder y tinieblas, haciéndote temblar como si fueras un pobre chiquillo extraviado.

Di una vuelta a tu alrededor, el fino encaje de mi vestido rozando la marchita hierba del suelo, mi aliento acercándose cada vez más a tu piel, erizando el bello de tu nuca y brazos. Me detuve a tu espalda, mis labios entreabiertos a escasos centímetros de tu cuello, de tu pálida oreja; la mordí, mi lengua jugando con lenta lascivia con el carnoso lóbulo, saboreando el dulce aturdimiento que se había hecho con tu sangre, el atragantado pavor oculto en tu mirada.

Mis dedos descendieron por tu espalda, afiladas uñas rasgando tu camisa, marcando el sendero seguido sin llegar a lastimar tu doracea piel... ¿Recuerdas la sensación? La riada eléctrica que corrió por tu columna, el estremecimiento masivo de tu ser, el ronco y estrangulado gemido escapando de tu aterida garganta, mi aliento y mi risa chocando susurrantes contra tu oído.

      ¾     Te quiero – te dije, mi voz impregnada de mandato, de una autoridad que no admitía ser eludida.

Jadeaste, tus piernas temblando sacudidas por el instinto, por la acuciante necesidad de moverse, de echar a correr y desaparecer entre los árboles. ¿Recuerdas los sentimientos batallando en tu pecho, danzando en tu rostro? Esos compases de duda, esos pasos de confusión, esas lentas piezas hipnotizadas por el miedo, coreadas por la desesperación.

Besé tu espalda, mis labios recorriendo cada tibio rasguño, mis dientes rozándolos, la blanca niebla acudiendo a mi llamada como la nívea espuma a las olas del mar; mis pies bailando en torno a ti, enfrentándome a tu rostro, a los labios que mordías sin importarte las rojas riadas que descendían por tu barbilla, por tu cuello. Incliné la cabeza, una sonrisa tirando de mi lengua, que recorrió ansiosa cada minúsculo rastro del metálico sabor hasta posarse en su mismo origen.

El terror termino de tejer su sudario, quedaste atrapado.

      —     Déjame ir… - me rogaste, un susurro temeroso que apenas logró escapar del encierro de tu boca.

No respondí a tu tembloroso ruego, tomé en cambio tus manos entre las mías, alzándolas en un gesto casi inocente hasta que estas rozaron mis labios, quedando su forma tatuada sobre tu piel, inscrita con tu propia sangre. Gemiste, el dolor se hizo ávido con tu voz, y por unos breves instantes forcejeaste contra la fuerza que te retenía, la que te impedía moverte del sitio, la que hacía permanecer tus manos pegadas a mi abrasante boca. Una lágrima escurrió por tu mejilla, tus ojos se cruzaron con los míos, y los hilos de la magia que te retenía se rompieron.

Te apartaste de un brusco movimiento, trastabillando hacia atrás como si estuvieras borracho. ¿Recuerdas las palabras que pronuncié? Tu gélido mundo derritiéndose entre mis manos.

       ¾     Te lo advertí y te reíste…

    ¾     Calla – te apresuraste a mascullar, apretando tus aún humeantes manos entre sí.

       ¾     Te lo aseguré y te burlaste…

     ¾     Calla, calla, calla, por favor, calla – el ruego surcó el aire como yo la niebla, dejando ir mi pulsante aliento contra el tuyo, temblaste, podrías haber corrido en ese momento.

       ¾     Te dije que podía demostrártelo, y aquí estamos…

Tus pupilas se estrecharon, ¿recuerdas los pensamientos que surcaron tu mente? El caos formado entre aquello que nunca creíste y las pruebas plantadas ante tus mismas narices.

       ¾     ¿Por qué a mí? – preguntaste evitando mirarme, queriendo lanzar tu pregunta al vacío.

       ¾     ¿Y por qué no? – te respondí, malévola la sonrisa esculpida en mi rostro.

Luz plateada traspasó la niebla, mi atención se desvió de ti un solo segundo, podía ver la luna en lo alto, tan distante, fría y eterna como cada noche vivida desde mi nacimiento. Volví a ti, ¿recuerdas lo que viste entonces? Mis cabellos eran fuego, mi piel puro alabastro, mis ojos dos negros fosos sin fondo, donde lo único visible era una ardiente y afilada línea vertical.

       ¾     Bruja – susurraste pero no huiste, te atemorizaste pero no te moviste.

       ¾     Te quiero a mi lado – un deseo, uno que debía complacerse como fuera.

¿Recuerdas las voces en el aire? Murmurándote al oído una y otra vez las mismas frases: tu destino está echado, tu existencia cobra ahora sentido, ya has vivido tu vida… ya no te pertenece.

Te acercaste, no hicieron falta sortilegios ni conjuros, mas tu vacilante paso se detuvo un centímetro antes de tiempo; rechazo, miedo e intriga peleaban por la custodia de tu cerebro, mareaban tus sentidos con su ruidoso revoloteo, ni tu mismo soportabas tal indecisión.

       ¾     Te temo – dijiste, logrando que otra oscura sonrisa brotase en mis facciones.

      ¾     Chico listo – te contesté – pero tranquilo, yo te enseñaré a no hacerlo.

Y te besé, te hice mío, mío en una eternidad que nunca acaba. Mío aun cuando los años marcaban tu piel, mío incluso cuando tu cuerpo ardía en la pira, mío aun cuando enterré tus cenizas, mío en el instante que chasqué mis dedos en pleno bosque, invocando el espinoso rosal que custodiaría el polvo producto de tu muerte. Mío incluso ahora, cuando frente a las rosas marchitas dejo ir un único murmullo…

¿Lo recuerdas?

0 travesuras :

Publicar un comentario

© Cuna traviesa , AllRightsReserved.

Designed by