21/11/11

Tú.

Tú. La que nos guió a la bondad, líder de la benevolencia y princesa de la caridad. La misma pequeña soñadora, guardiana de la inocencia y valerosa luchadora a la que amé siempre; solo tú pudiste salvarnos. Chupaste el vil veneno que nos mataba cual vampiresa, haciéndonos abrir los ojos a la luz, purificando nuestra alma. Cambiaste la ventura de nuestro futuro, renunciaste a ti misma.




Te veneraron como Diosa durante años, te ofrecían su venado de ofrenda y las veras de miles de lagos del mundo se vestían de verde y dorado en honor a ti; en consideración a la esperanza que les brindaste, a la candidez de tu persona. Tu nombre era sagrado, todo lo relacionado contigo lo era: la ventana donde observabas caer la lluvia, el vaso que utilizaste esa vez que visitaste palacio, tu preciosa pluma, el mechón violeta que abandonaste la noche que te perdí.  Yo callaba; callaba y encendía velas.


Me pasaba horas esperándote, soñando tu vuelta, vigilante ante cualquier señal, acariciando tu recuerdo. Con mi corazón vacio y triste me sumergía en los vaivenes de la nostalgia, con mis ojos bañados por las lágrimas anhelaba tu sonrisa, con mis temblorosos labios  repetía mil y una veces el voto de silencio. Mientras yo esperaba, esperaba y suplicaba; los demás festejaban. Vitoreaban su libertad, sonreían sin parar, ovacionaban tu ser, proclamaban tu divinidad y bondad, celebraban días en tu honor. Incluso me exigieron hacerte templos, donde iban todas las jornadas a agradecerte, yo solo podía ver melancólico al bosque donde te conocí.


Así paso una década, años que a mí me parecieron siglos, en los cuales mi corazón se partía más, más y cada vez más… De tan solo pensar en lo que realmente sucedió, lo que sacrificó por rescatarnos de las tinieblas, en lo que se convirtió mi dulce amada.


“El tiempo no cura las heridas mi señor, este obedece a la tenebrosidad.”



La cruel verdad es que acabó destrozada por las violentas puñaladas asestadas por la vanidad, condenada a ser prisionera eterna de la maldad, que su vida se sumergió en la desgracia. Su humilde esencia se vio desgarrada por la oscuridad, su piadoso corazón quedó abandonado entre las malezas del olvido, su dulce piedad fue tachada para siempre. Y todo ello para librarnos de la mezquina manipulación de la codicia.



“Oh, pero por qué te resistes tanto mi amor. La codicia, la soberbia, la maldad; las tinieblas son lo mejor de este mundo.”



Sin embargo, yo veía a la oscuridad asomarse por las esquinas, siseando a sus oídos, lamiendo su inocencia con anhelo. Yo apartaba la vista, ignorando como caían uno a uno, cegado por el fantasma de mi amada, deslumbrado por su preciosa voz susurrada a mi oído, hipnotizado por su sonrisa.



“No eras tú el que decía que el amor nubla la vista, que te encierra en los ojos de la amada, que por él… lo olvidas todo.”



Su melodiosa risa me enloquecía, mis dedos escocían ante el deseo de tocar su sedosa piel, mientras su espejismo reía, esquivando ágilmente mis manos. Alejándose cada vez más de la realidad.


“Ven, sígueme, atrápame, ámame.”


Corría tras ella desesperado, ignorando los gritos de agonía del mundo, adentrándome en los rincones inhóspitos de aquel antiguo castillo, olvidando mis obligaciones.


“Acude, presentante a mi, haz cobrar sentido a tus promesas.”


Dando la espalda a mi deber de defender la inocencia, dejando de lado mis creencias, abandonando mi honor.


“Demuéstrame tu amor.”


Consintiendo que destrozasen las esperanzas, permitiendo que la vanidad y el poder los nublase, desertando, dejando desamparados a los últimos humanos puros…


“Te espero, mi Ambar.”


Me fui. Tomando la mano de mi eterna querida, asumí servir a las tinieblas, perdiéndome para siempre.


“Llegaste.” 

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