2/8/11

Cuento

Erase una vez, un país muy lejano en el que vivía una deslumbrante princesa junto sus padres los reyes, y sus hermanos. Se decía, que ella era la causa de la prosperidad de su reino, ya que todos los comerciantes, nobles y demás personas importantes se acercaban atraídos por su belleza y encanto.
El rey Magnus estaba contentísimo con esto, porque veía en su hija la oportunidad de hacerse aún más rico y poderoso. Solo era cuestión de tiempo que Freya cumpliese la edad adecuada para casarse con algún noble con poder y riqueza, o incluso podría prometerla con el príncipe del reino próximo y así se lo comunico a su viejo amigo y vecino, el rey Ferlucci. Sin embargo, su hija no era nada dócil, por ello, cuando se le anunció que vendrían a visitarla el príncipe Ezequiel y su padre para terminar de concretar su matrimonio, se puso echa una fiera y destrozo todo el salón principal. Para después salir corriendo en dirección al bosque, que rodeaba el castillo real.
Sin darse cuenta, se adentro tanto en el bosque, que ya había traspasado la frontera entre el reino de su padre y el de el rey Ferlucci. Pensando que aun seguía en su reino natal, se tumbo en la hierba para descansar y tranquilizarse. Cuando ya Morfeo venía en su busca para llevarla, escucho a lo lejos un caballo. Se levantó sobresaltada y dispuesta a esconderse, un hombre cabalgando apareció a lo lejos.
-        ¿Qué hace una señorita tan preciosa como usted aquí? - le preguntó el apuesto caballero.

-        Vengo huyendo de mi carcelero, - le respondió triste ella - que quiere casarme con un hombre que ni siquiera conozco.

-        - Oh, al parecer huimos del mismo mal - le dijo divertido el hombre mientras bajaba de su montura.
La princesa le miro confusa y esto le preguntó:

-        ¿Qué  quiere decir con eso señor?

-        Deme el honor de poder presentarme lady Freya, - dijo haciendo una burlona reverencia - soy hijo del rey Ferlucci, el príncipe Ezequiel, un gusto haberla conocido mi princesa. Ahora la tendría que llevar con sus padres, seguro están muy preocupados por su bienestar.

Tan deslumbrada estaba por su sonrisa que no se resistió que la subiese a su montura. Unas horas después entraron al castillo, ambos riendo como locos. El rey Magnus miró sorprendido a su hija por el cambio tan repentino, ya que en cuanto le vio grito a todo pulmón que más le valía cerrar su compromiso con Ezequiel pronto.
Y así unos meses más tarde se celebro la boda, los recién casados tuvieron una vida muy feliz. Además, el rey Magnus comprendió que su mayor tesoro era la felicidad de su familia, sobre todo la de su hija, y no el dinero ni el poder.


FIN.


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