26/4/11

Canción para Elisa

Ese fue el último día que pintó sus labios para alguien. Para cualquiera, quería… ¿verse bonita o presentable? Tal vez solo quería dar una buena impresión. Se miró al espejo, y suspiró. Se talló los ojos resignada a lo que iba a pasar en el día. Un día común en la escuela… de hecho, el último día de escuela.

Se levantó de la silla cansada, tomó su reproductor musical, su mochila, y se fue de su cuarto. Bajó por las escaleras con la mirada gacha y el cabello tapándole los ojos, mientras una sonrisa triste se pintaba en sus labios rojos y los auriculares empezaban a tocar Striptease.
No desayunó, no se molestó. No tenía hambre… no necesitaba comida, y no quería nada. No ese día. Abrió la puerta, pesada, como si esta pesara una tonelada o más, lentamente. Luego la lluvia de colores lastimó sus claros ojos, como si una luz hubiera reflejado un caleidoscopio frente a ella. Colores móviles por todo su campo de visión. Se tapó los ojos con el cabello, y caminó con la cabeza agachada.

No se molestó en mirar nada que no fuese el suelo, ni las nubes, tan grises como ella, podían entenderla.

Llegó a la escuela, y como siempre, al empezar las clases, ignoró a los profesores. Estos tampoco le hacían caso a la chica de cabello negro que pasaba sus horas escuchando música triste en su patio y el parque. No les interesaba. Nadie parecía interesarse en ella, salvos sus amigas, y algún chico compasivo, para los demás, ella era un fantasma sin color y tristeza.

Sacaba un cuaderno verde de su mochila cuando la clase de inglés comenzó, le importó poco nada a la maestra, nadie se preocupaba por ella. Sus padres siempre estaban ocupados y no hacían más que llevarla una vez a la semana con un psiquiatra que le daba unos antidepresivos que lo único que podían hacerle era tener más energías para quedarse llorando la noche.

En el cuaderno comenzó a escribir, con su pluma negra y con la letra más legible posible lo que sería una carta, un regalo y una confesión. Contuvo las lágrimas y continuó escribiendo, ignorando y pasando de largo la cantidad de sentimientos que inundaban su alma en ese momento. Solo se preocupó en terminar la carta, y así al final, no tener nada más que hacer en ese mundo. En esa vida.

Cuando las clases terminaron, como siempre, tomó su reproductor y salió última del salón. El sonido depresivo de aquella banda le hacía sonreír, curiosamente, al menos algo podía estar cerca de sus sentimientos, de rozarle el corazón. Entenderla.

Fue la última alumna en salir de la secundaria, y como siempre, caminaba con la cabeza agachada. Era el último día de clases, ya no tenía que volver jamás a ese lugar. Nunca. Podía librarse de todas sus cargas ese día, incluyendo la jaula de soledad que era la escuela para ella.
En un mar de suspiros, caminó hacia su casa para encerrarse todo el día, o casi todo. Todos harían lo mismo, estaban cansados después de un año escolar. Algunos en su colonia más al rato la invitarían a salir para pasar el rato, pero ella les negaría la oferta…

—Elisa me preocupa —La voz de Carlos interrumpió el silencio que se había hecho después de que los demás la invitasen a salir un rato.

—A todos nos preocupa, Sad, es normal con ella —Miguel suspiró y se echó a caminar—. ¿Vienen o no?

Carlos (Sad) miró dudoso hacia la ventana de Elisa. Preocupado. Un suspiro casi fantasmal salió de sus labios, y un curioso palpitar en su pecho le hizo entrecerrar los ojos al mirar a Elisa por la ventana, observando el vacío, ¿o tal vez a él? Lo ignoró, un grito le hizo despejarse, sus amigos lo llamaban. Se dio la vuelta, se puso los cascos y se sumió en su fantasía, en sus pensamientos. No era muy diferente a Elisa, la única diferencia era que él podía afrontar los golpes, y ella no.

Nuevamente, como hacía cada tarde, Elisa se ahogó en un mar de lágrimas amargas y chocolate dulce. Colores y palabras plasmadas sobre un folio que no desahogó su alma, y cuando por fin, las lágrimas habían terminado, luchó por no dormir, y se levantó de su cama. Escondió su cuaderno, y tomó un sobre pintado de colores. Escribió algo con su pluma sobre este, y puso la carta dentro del sobre.

Bajó hacia el patio de su casa, y miró todo por última vez. Ya no tenía lágrimas que derramar, por lo que ya ningún sabor amargó inundó su boca. Ese lugar que había sido para ella el consuelo y el tranquilo rincón donde podía llorar sin parar y sin ser molestada, donde podía dormir sobre el rinconcito con césped y mirar las nubes. Suspiró, y se dio la vuelta, cerró la puerta, y se dirigió pesada hacia la puerta. La abrió, y comenzó a caminar.

A unas calles, estaba su destino. Tomó el sobre pintado, y lo miró dudosa. ¿Qué importaba ya? Estaba completamente segura, ya no importaba si era juzgada después o no. Ese era el día en que iría con las estrellas, abandonando todo en la tierra.

Se acercó a la puerta de la casa, y puso la carta en lo que sería el buzón. Un dulce sabor amargo inundó su boca, la última lágrima escurrió de su ojo, y sintió como si se librara de cargas, de miedos. Se dio la vuelta, y volvió a casa corriendo. Ya era la noche, y Carlos volvía a casa. Había pasado el rato con sus amigos, y había visto una película que no quiso terminar de ver. Una estupidez de película, prefería encerrarse en su pozo, y escuchar música hasta quedar dormido o consumido por las penas, ambas le parecían buenas. Ya, frente a su casa, pudo ver mal puesta una sobre de colores. Curioso, lo sacó de ahí, y entró a su casa, observando curioso el sobre. Sin información, solo una letra ilegible que tardó tiempo en descifrar…No abras esta carta hasta que salgan las estrellas, y así cuando la leas, yo ya estaré con ellas. Elisa.
Abrió desesperado el sobre y la imaginó, saliendo de su casa rápida. Siempre con prisa porque el corazón no espera. Colocando la carta en el buzón y una lágrima recorriendo su mejilla, volviendo a casa corriendo. Tratando de no llorar.

Una confesión de amor, pintada de colores, y con la letra más hermosa que alguna vez ella escribió. Su confesión, su declaración, su despedida, su adiós…

Su pulso se paró, su corazón grito tanto por dentro que le tembló todo el cuerpo. La recordó con esa cara triste, escribiendo esa carta en su pupitre.

Su corazón había muerto, corrió desesperado por las calles hasta llegar a la casa de Elisa. Un sentimiento muerto en su corazón cuando no pudo abrir la puerta, y lágrimas que parecían ácido recorrieron sus ojos hasta el suelo. Rompió el bote de pastillas en su cuarto, y comió todas las que cabían en su mano.

Sintió el veneno recorrer por su cuerpo, y pronto entró en ese sueño eterno. Se tiró en el suelo, destrozado. Su corazón muerto y con un sentimiento que no identificó. El mundo se derrumbó, y, pesado, volvió a casa.

Llegó, se recostó, no sentía nada. Ni un pestañeo ni un suspiro escaparon de él.

—Yo que te quería decir… antes de que te marcharas… —sus ojos se cerraron y soñó…

Despierta, te quedaste dormida vestida, son las once y a las doce has quedado con tus amigas. Nunca te abrazaron tan fuerte, ¿Qué se siente al mirarte en el espejo sonriente?. ¿Qué se siente el estrenar una sonrisa? ¿Qué se siente que todas tus tristezas hayan muerto de la risa? Tu corazón, estaba para romperse veinte veces, veinte veces de la risa. Eras feliz en mis sueños, Elisa…

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